Me he tirado un buen rato pensando en lo que poder ofrecerte con el post de hoy, y finalmente he decidido que lo mejor será que te muestre un nuevo relato, ya hace mucho que no te enseño ninguno de mis escritos, también porque no ha venido ninguno nuevo a mi mente y ya van quedando muy poquitos por hacerse públicos.

En concreto, este relato le escribí hace más de 6 años y no lo publiqué nunca en ningún sitio. ¿Por qué se quedó entre mis borradores? Porque siempre he pensado que me quedaba darle una vuelta, y no terminaba de verle el final… Muchas veces cuando escribimos un relato le damos mil y una vuelta más  a todo…

Cómo siempre, espero que te guste lo que vas a leer a continuación y que me cuentes tus opiniones al respecto, me gusta mucho leer tus comentarios y me animan a seguir escribiendo 😉

RELATO – VENENO

relato - veneno

Era una noche como cualquier otra. Oscura, estrellada y fría. En sus ojos asomaba una lágrima. Se encontraba asomada en el balcón, con un cigarro en las manos y un fino camisón. Los nudillos rojos, la nariz fría, la mirada perdida. Se lamentaba por su actual situación mientras intentaba respirar al compás de la música chill-out que sonaba en el tocadiscos del salón.

No mucho antes, su situación era bien distinta. Tenía planes. Las noches oscuras, frías y estrelladas en el balcón le parecían de otro color. Y ella, aun tenía sueños. Sus ilusiones. Su vida. Todo esto se había marchado. Y su vida, había cambiado.

Para bien o para mal, se decía a si misma que esta era la situación actual y tenía que aceptarla tal y como era. Aunque aun seguía doliendo la herida. Por fuera, en su cara, se podían ver las cicatrices, mientras que por dentro, seguía sangrando la herida.

Terminó el cigarrillo, mientras comenzó a llover. La noche lloraba por ella, y ella ahogaba sus gritos de dolor, su pena y su resignación con una copa de brandy. Por mucho que lo intentase, no conciliaba el sueño y tras meses sin dormir su decisión, irrevocable, le llevaría al sueño eterno.

Comenzó a prepararse. Los labios los coloreó con carmín, se colocó el camisón y vertió un ligero liquido negro en un vaso. En esos últimos momentos, su pensamiento sólo era por él, por lo que vivió, por su amor perdido. Por aquella persona que desapareció, que habían dado por muerta.

En el instante en el que posó sus labios en el borde de la copa, el timbre de la puerta de entrada sonó. Tuvo un presentimiento. Y se acercó. Podría ser Doña Eufemia, la viejecita del tercero que por la tormenta se habría asustado. O quizás Tomás, el niño de Lucía.

Con sumo cuidado, deslizó sus dedos sobre la copa, y la dejó en su rincón favorito de la cocina. Sutilmente se acercó hacía la puerta. Era tarde, muy tarde y sintió un escalofrío. Rodeó con sus finos dedos la mirilla y se asomó.

De repente, un fuerte golpe se escuchó. Su cuerpo yacía en el suelo. Presa del miedo, intentó levantarse pero los nervios se lo impedían. No podía ser. No. Él. Tantas noches había soñado con ello. Con su vuelta. Pero eran meras imaginaciones. Había fallecido en la maldita guerra.

Calmó su llanto y saco fuerzas desde sus entrañas para incorporarse. Volvió a mirar. Y le vio. Abrió la puerta. Tanto tiempo esperando ese momento, tanta terapia, tantas… tantas horas vacías. Y allí estaba. Con su sonrisa perfecta. Con su sutil mirar. Con su voz dulce. Mi amor. Mi dulce y perdido amor. Llegaste tarde. Y se desplomó en sus brazos.

Él no sabía que hacer. La rodeo con sus fuertes brazos y la dejó sobre la cama. No tenía respiración. Mantuvo la calma, como aquel día en el que le hirieron y abandonaron en el bosque, dándole por muerto. No podía ser. Ella no. No era su hora. Buscó por todos los rincones y lo encontró. Veneno.

Besó sus labios mientras rezaba pidiendo un milagro. Algo que no sabía si llegaría o no. Secó sus lágrimas, de desesperación, de tristeza, y salió de la habitación. Examinó el bote buscando una solución, pero no la encontró. Miró al fondo, viendo como yacía su amada sobre la cama, y se marchó.

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