¡Buenos días!

 ¿Qué tal ha ido la semana? La mía de momento ha sido un no parar, con un montón de trabajo pero bueno, aquí estoy para “desestresarme”, ya que hoy toca #elpostdelosjueves y tras mucho tiempo dándole vueltas te traigo una pequeña historia que escribí hace casi ocho años (sí, a finales de 2007) y que quería compartir contigo, pero he ido posponiendo durante mucho tiempo, ya que siempre he pensado que le faltaba algo, pero aun no se qué es…

Sólo espero que te guste y que tengas un gran fin de semana.

Así que si quieres descubrir este nuevo relato sólo tienes que seguir leyendo.

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Relato – Revolución

Había una vez en un lugar remoto de la gran ciudad, un agujero en una pared. En ese inhóspito lugar, vivía un grupo de animales, vulgarmente conocidos como “cucas” o cucarachas.

Los homo-sapiens o humanos, despreciaban a las cucarachas. Ciertamente algunos las temían, otros las engañaban con trampas anti-bichos, porque las repudiaban… sólo porque son diferentes a ellos, porque son negras, pequeñas, presas fáciles de aplastar, incluso débiles ante los ojos de su depredador, y los rumores del vulgo dicen que “ellas podrían sobrevivir si hoy estallará aquí una bomba nuclear”.

Pero las cucas de esta historia son diferentes.

Porque son esa clase de animalitos inofensivos, que un día, hablando por hablar planean algo que puede cambiar la historia de la humanidad y del planeta…

Se plantean una revolución.

 Están cansadas de que se las pise, de que crean que son menos que el resto y salen a la calle. No callan lo que piensan. Intentan dejar claro que, ante todo, tiene que existir una igualdad entre los humanos y ellas. Se plantan y deciden dejar de hacer lo que el resto dicen que deben de hacer.

Porque las cucas de esta historia son diferentes.

No viven entre basura, no salen de la acumulación de desperdicios ni aparecen por la noche en las calles de Madrid.

Estas cucas son revolucionarias.

Quieren acabar con una situación que las desagrada.

No quieren más mentiras sobre ellas.

Quieren que se sepa toda la verdad.

No aguantan más con la falsedad y la hipocresía del entorno en el que se mueven.

Ellas son de una gran utilidad para el resto, pero son despreciadas.

Y sin ellas, aparentemente todo sería “bonito y feliz”.

 Había una vez en un lugar remoto de la gran ciudad, un agujero en una pared. El mismo en el que me encuentro escribiendo este relato en un blog fantasma.

 

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